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El
Caribe vibra y canta en la Isla del Son
"En el Caribe, antes
del verbo fue el tambor, el ritmo y el movimiento."
(Angel Quintero Rivera)
El Caribe, más que una zona geográfica, se ha ido
conformando como un concepto creado a partir de una identidad en
el que la música desempeña, sin lugar a dudas, un
papel integrador. Sus pueblos cuentan con raíces comunes
e historias similares, al punto de que para muchos, referirse al
término de música tropical, implica todo el espectro
sonoro de esta área, la cual puede ramificar sus características
a zonas diversas, que se corresponden a su vez con las de carácter
lingüístico: hispana, francófona, anglófona
y holandesa.
De este modo, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, las
Bahamas, Trinidad, Tobago, Belice, Jamaica, Haití, Guadalupe,
Martinica, Aruba, Guyana, entre otras, conforman el mosaico étnico
que singulariza a esta región. Lo caribeño, (entendido
aquí como un amplio modo de expresión que abarca tradiciones,
comportamientos sociales, vínculos lingüísticos,
históricos y musicales) hace extensiva su periferia hasta
ciertas poblaciones de México, Panamá, Colombia, Venezuela,
Ecuador, Perú, y la diáspora latino-caribeña
en los Estados Unidos, particularmente Nueva York. Así mismo,
zonas tan distantes como Brasil pueden considerarse parte de esta
entidad, en tanto se hace eco de similares raíces y tipos
de manifestaciones culturales, ya sean religiosas o carnavalescas,
donde el samba se erige como un núcleo en el que confluye
la herencia africana, tal y como sucede en sus similares de Cuba,
Haití, Trinidad, Jamaica y Bahamas.
En cada país los aportes africanos y europeos difieren de
forma considerable, en dependencia de la intensidad de la trata
negrera, la inmigración, el tipo de economía, coloniaje
y por supuesto, de la manera de captar los elementos expresivos.
Sin embargo, con problemas y reivindicaciones comunes, todas las
músicas del Caribe, desde el "Lamento jíbaro"
del puertorriqueño Rafael Hernández, hasta "Dem
belly full but we hungry", de Bob Marley en Jamaica, han expresado
las frustraciones de los pueblos expoliados o de los habitantes
de los suburbios.
En esta zona se desarrolló paulatinamente un complejo proceso
de criollización musical a partir del siglo XVI, en el cual
géneros como el calipso trinitario, el reggae jamaicano,
la biguine martiniqueña, la bomba, la plena y el seis de
Puerto Rico, la cumbia y el vallenato de Colombia, el joropo de
Venezuela, el samba brasileño, la bachata y el merengue dominicanos,
la rumba y el son cubanos, así como otras expresiones más
locales como el aguinaldo, la soca, el mento, el tamborito o el
zouk, han adquirido una fuerte afirmación caribeña.
Sus diversos componentes se han fecundado entre sí durante
decenios y continúan influyéndose gracias a las continuas
migraciones e intercambios de índole diversa, que han favorecido
el vínculo de Cuba con el Caribe.
Quizás uno de los ejemplos más representativos del
constante flujo entre estas músicas lo constituye la salsa
caribeño-newyorkina, resultante sonora bien heterogénea
que se nutre de múltiples géneros tradicionales entre
los que sin lugar a dudas, se reconocen las raíces de nuestro
son. La misma ha tenido sus principales exponentes en Cuba, Puerto
Rico, Panamá, Venezuela, Colombia, y ha encontrado en Nueva
York un punto de confluencias que la ha consolidado y contribuido
a su difusión universal. Cantantes como Rubén Blades,
Gilberto Santa Rosa, Andy Montañéz, Oscar D'León,
agrupaciones como La Sonora Ponceña, Dimensión Latina,
Guaco, el grupo Niche, o el percusionista Tito Puente, también
conocido como El rey del timbal, se cuentan entre sus intérpretes
más renombrados.
En Cuba, la música bailable ha encontrado en el songo, la
salsa y la contemporánea timba la continuidad histórica
del son, género aglutinador que, junto a la rumba, ha devenido
fuente o nutriente central para otras expresiones artísticas,
y al que junto al Caribe, se le rinde tributo en la VIII edición
de la Feria Internacional CUBADISCO 2004.
Nerys González y Liliana Casanella Cué
Musicólogas
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