| Por
Toni Basanta
Gracias
a la memoria discográfica podemos, para esta fiesta gigante
que es el CUBADISCO 2003, disfrutar de un magnífico recopilatorio.
Una galería inmensa de catorce voces soneras, privilegio
de un país que ha aportado al mundo géneros como el
danzón, la guaracha, el mambo, la guajira, el chachachá
y el mozambique.
Desde los tiempos del Sexteto Habanero, allá por los años
20, cada quien, a su manera, viene pulsando la lira y cantando bonito,
durante más de cuatro décadas de combustión
inextinguible.
El hecho de tener sus nombres como estelares en la primera edición,
provoca nostalgia fanática o mórbido escepticismo.
Varios cientos de personas acudirán a este álbum en
cuanto se programe una acertada transmisión radial, valga
decir en Los Grandes Todos, de Radio Ciudad de La Habana, en Memorias,
de Rebelde o en Recordando, de Radio Cadena Habana .
Este primer volumen, armado con singular certeza por el decano
de los archivos EGREM, Jorge Rodríguez, con la colaboración
literaria y pictórica del poeta Sigfredo Ariel y la ingeniera
Niurka Lecusay en la remasterización definitiva, recoge un
compendio de veteranos con estilos y expresiones que van de San
Antonio a Maisí dibujando la fisonomía de un país
que ratifica sus sustancias: La patrona de Cuba, La carreta, La
molienda, Los ingenios, El baile, Oriente, Baracoa o La calle Enramada.
El auge de esta música se debe en parte a la calidad interpretativa
de sus cantantes, siempre vigentes, pero debemos apuntar que los
textos tratan las cercanías de las vivencias de sus autores
mientras los arreglistas bailan con los espectadores.
La maestría no se limita a la emoción, sino que se
funde con ella. El Son es un espectro sonoro donde tienen cabida
los más disímiles formatos del planeta Música
Cubana. Aquí está el Trío Matamoros con su
amoroso ruego a La Caridad del Cobre, la risa de Pío Leyva,
el Montunero de Cuba, poniéndole oxígeno a los acordes
de Sabor a bombón, original de Rolando Valdés, mientras
Pacho Alonso en los tiempos de Los Bocucos inaugura la popularidad
luego alcanzada por El Pilón de Enrique Bonne.
El reglano Roberto Faz, el mismo que Eliades Ochoa ha vuelto a
renacer en su simpático video del realizador Juan Padrón.
Tito Gómez, con el clarín intacto de su garganta eterna,
acompañado de la Riverside Jazz Band. Los primeros Compadres,
Francisco Repilado y Lorenzo Hierrezuelo, sin codazos ni cabezazos,
cantándole a los barrios de Santiago.
Un hecho que vale destacar es la resurrección de Nelo Sosa
-con su Conjunto Colonial-, uno de los soneros más elegantes,
al que pocas mujeres a la hora del baile se le resistían...
«Nelo era muy simpático...», apunta mi madre
cuando escucha Mulata linda en el Stereo.
Su Conjunto Colonial ha estado desvariando entre Salsa colonial
y la desaparición, hecho que ha limitado el conocimiento
posterior de su papel en la industria del espectáculo. ¿Cómo,
dónde y cuándo cantaba Nelo Sosa con su Conjunto Colonial?
En las playitas del Vedado; en el Selva Club, cerca de Tropicana;
en la playa de Marianao (la catedral del Son), «...el Conjunto
de Nelo Sosa sonaba muchísimo a finales de los 40, (...)
antes lo hizo con el Casino, junto a Espí, Faz, Ribot y Rolito,
(...) en el Casino cantaban todos juntos...»
Raúl Planas, la voz emblemática del Conjunto Rumbavana,
el mismo que entró en las nominaciones a los Premios Grammy
entre 1997-98 con A toda Cuba le gusta, de Remberto Becker, al frente
de la AfroCuban All Stars, viene montuneando para que se perciban
sin estorbo todas sus inflexiones soneras. Quizás el reconocimiento
internacional le llegó con muchos años de retardo,
pero al menos pudo demostrar con su veracidad que se avecinaban
cambios.
Parecía que lo habían «fugado», pero
no. Admirablemente, aparece Cheo Marquetti con su Conjunto. «Cheo
fue un cantante muy famoso, con un admirable timbre de sonero. Integró
charangas y conjuntos como La Sensación y Chapottín.
Ya empezó la molienda, de Walfrido Guevara, fue éxito
en los años 50. Cheo Marquetti cantó hasta ser un
hombre muy maduro; todavía se le recuerda en Guajira, mi
son te llama, a bailar, a gozar, mejor conocido como Amor verdadero,
apunta Melquíades Fundora, flautista de 78 años, amigo
de Cheo y activo integrante de La Sublime desde su fundación
en 1956.
Hasta hoy, Cheo Marquetti es una leyenda, casi desconocida en el
sentido más literario de la palabra. Una especie de mito
del que sólo se conocían unos pocos datos gracias
a algunos expertos en la tradición del Son profundo o coleccionistas
de discos de vinilo. Quizás muchos de los lectores no alcanzaron
a ver a Cheo Marquetti en acción. Aquí está,
pues, su voz.
Gracias a la madurez adquirida por los productores y las casas
discográficas, la música campesina se «re-encuentra»
con el Son en la voz de Inocente Iznaga, El Jilguero de Cienfuegos.
Un género que le ha interesado a las mayorías en
los cinco continentes, había sufrido periodos de inconstante
presencia hasta la resurrección de El cuarto de Tula o Chan
Chan, ambas contenidas en el álbum Buena Vista Social Club,
el cual alcanzó ventas millonarias hasta bien entrado el
año 2000.
Al empujar las fronteras del Son, El Jilguero de Cienfuegos se
funde con asombrosa facilidad melódica y su especial dialecto
campesino, dándole mayor variedad y colores a este registro.
Las nostalgias obligadas no desvanecen y siempre nos remiten a
los verdaderos clásicos.
El 6 de julio de 2002, se cumplía un siglo del nacimiento
de Isaac Oviedo. Centenarios de personalidades como Nicolás
Guillén, Wilfredo Lam o Dulce María Loynaz, absorbieron
las celebraciones y el viejo tresero de Sabanilla, en la provincia
de Matanzas, quedó sin lugar para el respiro.
La no reedición de sus aportes ha hecho que demasiados oídos
se hayan cerrado a la comunicación con la creciente audiencia
que busca, en los sonidos del tres, parte de la historia del Son.
Este álbum lo salva del anonimato, permitiéndonos
valorar el equilibrio entre sus facetas de tresero, compositor,
cantante y bailador. No obstante el paso del tiempo, al añoso
tresero (aunque descansa en paz), se le considera intemporal. Una
cosa es la vejez cronológica y otra la espiritual. Pero el
vigor de ayer puede ser admirado hoy por la memoria colectiva. Una
pieza que se corresponde con su vida de agricultores Engancha carretero,
donde el sonido del tres refleja la vida de los centrales azucareros,
las carretas de bueyes y los vitales trenes.
A este efecto, hoy se le puede considerar como música programática,
concreta o electroacústica, pero Isaac Oviedo la escribió
y grabó a golpe de dedos, tabla y acero, con su tres. Nunca
se olvida una actuación de Isaac Oviedo tocando el tres sobre
la espalda y con un vaso de ron sobre la frente.
Durante toda su vida el escenario fue su espacio vital. Lástima
que no queden quinescopios de sus actuaciones con el Trío
de Graciano Gómez, donde cantaba
Barbarito Diez, con su versatilidad de hombre espectáculo.
Al menos, esta antología guarda su voz y su tres. Engancha,
carretero aparece comercialmente por primera vez. Enhorabuena.
Por suerte, dos de sus obras, Ta José (afroson) y El brujo
de Nueva Paz (guaracha-son) fueron grabadas por su hijo Papi Oviedo
en su álbum debut Encuentro entre soneros (Tumi Music, 1997).
En los tres últimos cortes aparecen las voces de «Tiburón»
Morales, Valoy y Cándido Fabré. Ellos no son ya tan
jóvenes, pero representan la continuidad.
El cúmulo de personalidades de la voz hace que surja algo
brillante. En esta Isla grandilocuente componer sones es cultivo
cotidiano, perenne e insustituible.
Grandes voces del Son Cubano es una experiencia que crece luego
de cada escucha, te abre las puertas del «feedback»,
de la retroalimentación musical.
Evitando establecer innecesarias categorías jerárquicas,
pienso que esta Fiesta de Soneros es digna de respeto por toda la
vanguardia contemporánea. Así que a compartir con
los géneros bailables de la actualidad.
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