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Nominada
al premio CUBADISCO 2003 en la categoría Música de archivo,
la selección de Jorge Rodríguez entrega al melómano
veinticuatro temas de aquellos que entre el humo y la espuma de bares
y cantinas, permitieron a más de uno “ahogar” sus
penas de amor.
Para quien no conozca lo que representó la victrola para
la difusión del bolero en Cuba y Latinoamérica, y
qué ambiente se creaba en aquellos locales que inmortalizaron
tantas obras del romántico género, la nota de Sigfredo
Ariel que acompaña a este CD expone, con lujo de detalles,
una suerte de historia de los amores entre boleros y traganíqueles
allá por los años 50.
Ariel afirma que “el clásico bolero de victrola”
posee algunas características que lo distinguen. No solo
se trata de una cuestión meramente interpretativa, sino “de
ambiente”. Hubo autores que produjeron letras que hablaban
directamente de bares y cantinas, tal vez con la esperanza de que
el público de estos establecimientos se viera reflejado en
aquellas narraciones parciales y tortuosas de amor contrariado.
El efecto de las copas que en ese momento bebían los protagonistas
provocaba la necesaria catarsis para confesar el lamentable estado
de almas invariablemente “hecha pedazos”.
Aunque algunos entendidos en la material discrepen con la inclusión
de algunas obras, el
resultado final ofrece una panorámica de los hits victroleros
de mediados del pasado siglo.
Voces y estilos inconfundibles como los de Rolando Laserie, Benny
Moré, los dos
Orlandos, Vallejo y Contreras, Blanca Rosa Gil, Ñico Membiela
y Roberto Faz, coexisten
con los de Roberto Sánchez, Clara y Mario, Pacho Alonso,
Lino Borges y Fernando
Alvarez hasta conformar un conjunto de veinte intérpretes.
Los temas aquí contenidos reúnen los requisitos que
tan bien expone Sigfredo Ariel, en los que, inevitablemente, ìel
pasado juega en la mayor parte de estas letras un papel fundamental:
en él sucedieron todas las cosas: la felicidad y el desengaño...
Apenas sin matices ni medias tintas. La cura del dolor de amor,
la vendetta por el daño causado será siempre el olvido”.
El diseño del disco a cargo del propio escritor intenta
recrear el ambiente a que se hace referencia, aunque a juicio de
quien escribe, no queda del todo logrado. Desafortunadamente
se aprecian algunas erratas en la etiqueta que debieron ser corregidas
a tiempo.
En cuanto a la calidad sonora aparece la necesaria y saludable
aclaraciÛn de la casa disquera que alerta que “al extraer
estas grabaciones de los soportes analógicos en que fueron
realizados, se procuró conservar timbres originales, por
lo cual no se aplicaron métodos electrónicos radicales
que pudieran alterarlos. De ahí que se pueden advertir diferencias
entre las selecciones incluidas en este fonograma, grabadas en distintas
épocas y con diferentes condiciones tecnológicas”.
No obstante, se obtiene un disco valioso, que de seguro disfrutarán
aquellos que conocieron la época de oro del bolero victrolero
en Cuba, y a los más jóvenes, los acercará
a un repertorio eternamente joven.
Queden para el público las palabras que sobre el tema, y
para las notas de otro CD de la propia EGREM sobre los boleros de
bares y cantinas, escribiera la investigadora Mercedes Cruz:
“ìMuchos años nos alejan ya de La Habana de
los años 50 donde el cubano solía con frecuencia trasnochar
para compartir penas y alegrías, deseo que podía satisfacer
en su propio barrio. Los bares y cantinas pasaron a la historia
de la intensa vida social de la Cuba de esos años. Hoy, muchos
de estos establecimientos ya no existen, otros todavía quedan
en pie, pero lo cierto es que la esencia bohemia que en aquellos
momentos se respiraba, ha desaparecido. El bolero
perdió un escenario sencillo, humilde, poco conocido, pero
sobre todas las cosas, propio, concurrido y popular.
Por Liliana Casanella
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