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Jazz
joven… de Cuba
Yasek Manzano y Roberto Martínez
Por Juan Carlos Malagón
Cuando en los años cuarenta Dizzi Gillespi acogió
la presencia de Luciano «Chano» Pozo como integrante
de su propia Jazz Band, nunca pudo haber imaginado la trascendencia
que este encuentro le otorgaría tanto a la música
norteamericana como a la música cubana y latina en general.
La participación de «Chano» en el panorama musical
norteamericano fue la forma mas objetiva de mostrar oficialmente
la síntesis y fusión que ambas culturas musicales
ya venían teniendo, en sentidos paralelos, desde anteriores
siglos. Los años han demostrado la veracidad de dichos argumentos.
El jazz latino alcanza hoy un espacio por derecho propio dado el
desarrollo tanto cualitativo como cuantitativo que este tipo de
expresión ha llegado a alcanzar. Tal es así, que tenemos
el privilegio de organizar uno de los festivales de jazz latino
más importante del mundo, el Jazz Plaza, al cual asisten,
año tras año, importantes figuras de renombre internacional.
No obstante, el movimiento jazzístico de Cuba en la actualidad
da para mucho más, pues existe en nuestro panorama musical
una amplia cantera de jóvenes que esperan por ser promovidos
y cuya calidad es digna de admirar. Para ello se creó el
JoJazz, concurso internacional que recoge «los anhelos de
muchos estudiantes de nuestras escuelas de arte, músicos
de agrupaciones populares o de concierto e, incluso, aficionados
que tenían una fuerte inclinación jazzística
y que no encontraban la vía de realizarlo», todo ello
supervisado por jurados compuestos por figuras establecidas y presidido
nada más y nada menos que por uno de los pianistas mas grandes
de todos los tiempos en Cuba y en el mundo: Chucho Valdés.
En ocasión del CUBADISCO 2003, se le otorgó una importante
nominación a un disco que es fruto de los compromisos con
que se realiza dicho concurso y que recoge la elevada calidad interpretativa
de los jóvenes Jasek Alberto Manzano Silva y Roberto Martínez
Pereira, ambos finalistas y ganadores del JoJazz en sus versiones
de los años 1998 y 1999 respectivamente. La avidez puesta
en la selección de los títulos, en este caso por su
productor, Alexis Vázquez Aguilera, así como la dinámica
propia tanto del diseño como del contenido del mismo, constituyen
un importante «gancho» para mantenernos atentos a cada
procedimiento musical empleado por los protagonistas, los cuales
muestran un dominio impresionante en sus respectivos instrumentos,
acompañados por excelentes jóvenes músicos
como Alexis Bosch en el piano y teclados, Néstor del Prado
en el bajo, Rodney Barreto en las baterías y Guillermo del
Toro en las congas, bongó y güiro. Los primeros cinco
números, interpretados por Jasek (Coartada, Melo danzón,
Balada para piano y trompeta, Corazón en La Habana y Rara
calma), ponen en evidencia no solo las dotes interpretativas de
este joven músico, sino la versatilidad de su talento basado
en arreglos de complejas progresiones armónicas, con texturas
diversas y un marcado metodismo que da sentido de unidad a cada
una de sus interpretaciones. En este caso, destaca la libertad rítmica
y la utilización de intervalos con difícil sentido
tonal, todo ello conjugado con la destreza, producto de una eficiente
preparación técnica del trompetista. La preferencia
por títulos que contienen palabras de elevada pasión
y ternura (melo, balada, calma, corazón, etc.) nos muestran
el sentimiento de amor que profesa hacia su tierra, con la incorporación,
en una de las piezas, de un género tan nacional como el danzón,
sin apartarse del contexto y estilo jazzístico que él
nos propone.
El resto de los tracks que siguen a continuación (Brisas,
Waiting for Oyarsa, Mambo influenciado, The Fish, Metropolitan Bus
y Sapo que rueda), tienen como protagonista al destacado saxofonista
Roberto Martínez, quien me trae a colación una frase
de un importante estudioso del jazz en la década del cuarenta:
«el jazz fue simultáneamente la música de un
colectivo y de un individuo». En tal sentido es apreciable
cómo, sin dejar de perder el papel de acompañantes
en todas y cada una de las interpretaciones, el resto de los músicos
del quinteto retoman temas que Roberto propone y los desarrollan
a su más amplia expresión, con pasajes que se caracterizan
por un elevado virtuosismo, mesurada técnica y complejidad
rítmica. La utilización de ágiles secuencias
armónicas, progresiones acordales de gran dificultad, así
como el empleo de pasajes violentos por el saxo tenor en ese ambiente
tan diverso, son elementos que atestiguan la calidad, fundamentalmente
del arreglista Alexis Bosch, en materia de composición musical
y sentido improvisatorio, sin dejar de citar la composición
del propio Roberto, Metropolitan bus, la cual lleva todo un ambiente
propio de nuestros ómnibus a una obra musical de extremadas
complejidades musicales. En estos seis tracks está dibujado
musicalmente el ambiente picaresco característico del cubano,
así como la tendencia siempre palpable de asimilación
de títulos en inglés en nuestra música popular,
aspecto este que nos induce a meditar sobre el poder de asimilación
de la cultura cubana. Sin lugar a dudas, este ha sido un triunfo
no del jazz latino, sino del jazz joven de Cuba, de toda una generación
que se encuentra pujante y que hace valedera la idea de que el futuro
en este género está asegurado. Una vez más,
gracias por apostar por los jóvenes.
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