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Desde
el corazón de la rumba
Los Muñequitos de Matanzas
BISMUSIC
Por María Elena Vinueza
Si
de esencias se trata, la rumba tiene en Los Muñequitos de
Matanzas no a solo la agrupación folclórica más
aplaudida nacional e internacionalmente en las últimas décadas,
sino también a un núcleo artístico bien raigal
que ha logrado preservar su esencia y se ha mantenido consecuente
con los paradigmas éticos y artísticos que la tradición
impone. Al mismo tiempo ha podido transitar con éxito desde
el espacio doméstico hacia el ancho mundo del espectáculo
profesional.
Han transcurrido mucho más de cincuenta años desde
aquellos días en que el afán de rumbear reunía
espontáneamente en las humildes casas de los barrios matanceros
de Simpson y la Marina a un grupo de jóvenes amigos. Poco
a poco, la rumba -y lo que no es la rumba-, se les iba metiendo
en la sangre y en el alma hasta convertirlos en herederos por derecho
de una tradición ancestral.
Florencio Calle, Juan Mesa, Esteban Lantri (Saldiguera), Hortensio
Alfonso (Virulilla), Gregorio (Goyo) Díaz Alfonso, Pablo
Díaz (Papi), Angel Pelladito, Ernesto Torriente y Esteban
Vega Bacallao (Chacha), ponían a prueba talento musical e
ingenio para crear sus rumbas alimentadas de las estampas, actitudes
y anécdotas de la gente que las cantaba y bailaba, sin otra
pretensión que su propio placer.
Mas de cuatro generaciones de cubanos han crecido desde que esos
músicos decidieron reconocerse bajo el nombre de Guaguancó
Matancero. Fueron invitados a grabar un disco sencillo con el sello
Puchito y la gran audiencia se puso en sintonía con los dos
temas escogidos: Los Beodos, de Lorenzo Martínez, y Los Muñequitos,
de Esteban Lantri. Fue tal el éxito de ese segundo número,
que sus admiradores empezaron a solicitarlos por el nombre de Los
Muñequitos y ellos terminaron aceptando esa designación
como identidad artística definitiva.
Desde entonces Los Muñequitos de Matanzas ha sido una marca
de prestigio, un sello de originalidad y cubana, un grupo acostumbrado
al aplauso y al elogio de los más diversos públicos
del mundo. Pero hay algo más: ha sido útero fértil
para engendrar más y más rumberos, un peculiar universo
donde familia, amistad, ritualidad y arte se han tejido en un solo
crisol de relaciones.
A la primera generación siguieron otros maestros de la percusión
y el canto como Diosdado Ramos (tercer y actual director), Jesús
Alfonso Miró, Ricardo Cané, Israel Berriel, Rafael
Navarro, Ana Pérez, Facundo Pelladito, Agustín Díaz.
Luego llegaron los hijos y discípulos de los anteriores:
Bárbaro Ramos, Eddy Espinosa, Vivian Ramos, Ronald González,
Luis Deyvis, Freddy Jesús Alfonso y Esther Yamilé
Ramos.
Fieles a las reglas de la tradición, el carácter
y la vocación de los hijos y los nietos, han sido entrenados
y encausados para garantizar el relevo sin perder las esencias.
Es por esta razón que en la extraña balanza de lo
viejo y lo nuevo en este grupo, el equilibrio se pulsa no solo en
lo que a música y danza corresponde, sino en esa relación
casi ortodoxa de admiración y respecto que ellos exigen hacia
«los mayores», y la tolerancia y cuidado filial que
demuestran hacia los más jóvenes. Las reglas son tan
estrictas o flexibles como los tiempos imponen, y los tiempos para
Los Muñequitos no siempre han sido de bonanza. Pero en definitiva
han logrado mantenerse siempre a flote porque no se trata de un
simple colectivo artístico, sino de un organismo tradicional
–vivo y actuante- que se gesta y desarrolla a sí mismo
en dinámica interrelación con el contexto. Como resultado,
el actual grupo de Los Muñequitos de Matanzas exhibe el rigor
y virtuosismo musical y danzario de varias generaciones de rumberos,
algunos tan jóvenes que la escuela primaria no ha terminado
de formarlos y ya el aplauso del público internacional halaga
el ego de estos pichones de rumberos.
La agrupación se ha presentado en escenarios de Europa,
América Latina y Estados Unidos y su discografía rebasa
la docena de títulos producidos por disqueras cubanas y extranjeras
como EGREM, Vital Records, ARTEX, QBADISC, WEST SIDE. A eso se suma
la participación en obras discográficas colectivas
publicadas por estos u otros sellos como Bembé Records, Unicornio
y Bis Music.
Con el disco La Rumba soy yo, editado en el 2000, la disquera Bis
Music no solo se alzó con el máximo reconocimiento
de la Isla, el Premio CUBADISCO 2001, sino que con su all star de
la rumba cubana, regaló a nuestro país el Premio Grammy
Latino 2001 en la categoría Mejor Álbum Folklórico.
Allí, en el corazón mismo de ese proyecto, estaban
Los Muñequitos y en especial latía esa relación
humana y artística que desde 1990 ha unido a los rumberos
matanceros con la gestora y productora general de aquel disco, Cary
Diez.
Por tanto, nada más justo para esta disquera que la idea
de volver a apostar por los músicos matanceros y por su mejor
aliada, la musicóloga Caridad Diez; en definitiva el mercado
internacional estaba listo para recibir otra oferta de tan valioso
contenido. Sin embargo, creo no equivocarme en pensar que, al aceptar
una nueva propuesta de rumba, la casa discográfica Bis Music
tuvo una razón más cultural que económica,
más emotiva que racional, y aquí está el resultado.
El disco que hoy les comento, Rumba de corazón, recibió
Premio CUBADISCO 2003, en la categoría de Música Folclórica,
en respuesta a su excelente factura, grabación y producción.
Es, sin duda alguna, un homenaje merecido a los cincuenta años
de existencia de esta agrupación; a su defensa incondicional
de los valores éticos y estéticos de su barrio, su
ciudad, su cultura. Es también y muy especialmente, el reconocimiento
a la natural manera en que estos hombres y mujeres saben llevar
la fama en hombros, sin perder por ello el diáfano diálogo
con la gente que da sustancia y sentido a su discurso artístico.
Cincuenta años después, su rumba sigue teniendo el
mismo color, olor y sabor, no porque no cambie, sino porque la tradicionalidad
con la que son manejadas las dianas, los montunos, las inspiraciones
y coreados, no nos permite ver lo diferente, y obliga a nuestra
percepción a aceptar como ya conocido ese canto, ese toque,
esa manera de bailar que podemos hasta visualizar mientras se escucha
el disco.
En los doce temas que incluye merece mencionarse la participación
de José Alfonso, que una vez más se impone como percusionista
virtuoso, director musical y prolífero autor de muchos de
los temas que han alimentado en las últimas décadas
el repertorio de la agrupación. Su talento nuevamente se
expone en siete de los temas que conforman el CD: Candela (Palo
quimbambo), Chino Gua Guao, La llave, Te ando buscando. No pasa
na, Cordillera de montañas y Columbia cubana. En estos y
en los restantes números, la rumba se hace presente en sus
reconocidos estilos del yambú matancero, del guaguancó
y de la columbia, pero también en sus contactos indiscutibles
con otros géneros y estilos de la creación nacional,
como el bolero, el son o la guajira. Así tenemos por ejemplo
que en obras como Yo también soñé, de Albero
Romero y Pedro Flores, o en Obsesión sublime, de Rafael Navarro,
la cancionística se impone y nos regresa a esa manera peculiar
de bolerear la rumba o rumbear el bolero, que las voces de Saldiguera
y Virulilla lograron establecer como marca del cantar de Los Muñequitos.
En el disco, como en la rumba misma, abunda la mezcla, la cita,
la referencia solapada o directa, la recreación, la reconstrucción
y la reintegración de todo lo posible. Con el absoluto desenfado
de quien se sabe depositario del universo sonoro cubano, estos autores
(en ese concepto abierto de autor -individual o colectivo- que lo
folclórico permite) se apropian de múltiples referentes,
desacralizan y hacen uso de cualquier obra o fragmento por clásico
que sea. Y cuando digo clásico me refiero lo mismo al Siboney
de Ernesto Lecuona, que a un canto y toque de batá, o al
lema de una antigua comparsa. Escúchese, por citar solo un
par de ejemplos, La sitiera, de Rafael López, o Ave María,
de Ramón Guti, y hablaremos entonces de cruces e intertextualidades,
pero, para los protagonistas, a esos complejos intercambios -la
cosa esta perfectamente clara- se les llama simplemente rumba.
He dejado para el final el tema que da inicio a la selección,
Homenaje a los fundadores, de Israel Barriel, obra que en sí
misma explica el objetivo de este disco, que nos remite al espíritu
de esos moyubas que se cantan antes de iniciar un toque en cualquiera
de las celebraciones de la regla de ocha. Es una forma de reverenciar
y agradecer a los que hicieron posible esta historia. Es mencionar
por su nombre a todos aquellos que contribuyeron en esa creación
colectiva que es orgullo de raza y clase. Es reconocer el ejemplo
de resistencia cultural que ellos significaron y el valor de su
empeño al desafiar prejuicios, limitaciones y olvidos. Es
el mejor modo de decir gracias por este presente y de reiterar,
en gesto simple y cotidiano, el más profundo compromiso para
que la rumba -pura y dura- siga sonando y creciendo por los siglos
de los siglos, amén.
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