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No siempre que se emprende en arte, se logra el vuelo previsto ni el duende presentido, aún cuando valga el intento. Pudiera decirse, inclusive, que tratándose de obras cuya autoría denotan a priori una garantía de máxima calidad, ello no asegura ni mucho menos la presencia del ángel en cada resultado artístico.

Todo lo contrario de lo que usualmente es lo más factible que ocurra, la audición del CD Del agua que bebimos -nueva propuesta de la colección Tributo, de Bis Music-, nos envuelve en la magia de lo que nos identifica y se nos ofrece no sólo con la merecida calidad, sino también con la calidez de entrega más generosa y agradecida.

Digamos que esta suerte de homenaje de la nueva trova a la trova tradicional, tantas veces manifiesto explícita e implícitamente en el decir y quehacer de los trovadores inicia- dos desde la oleada de los años 60, constituye una excelente muestra de obras y autores que se enmarcan dentro de una importante faceta de la identidad musical cubana: la trova, ofrecida por las voces más representativas del género en nuestro tiempo.

Cierto es que no es la primera vez en que un fonograma rubricado por algún artista del movimiento de la nueva trova cubana, haya integrado en su selección canciones de la vieja trova, a modo de homenaje. Tal es el caso de Pablo Milanés produciendo sus discos Años I , II y III, dedicados en su totalidad a rememorar el repertorio de la trova tradicional.

En Del agua que bebimos..., sin embargo, la novedad consiste en haber aunado voces, autores y canciones que aún sin pretender establecer el paradigma de la antología más definitiva, logran señalizar, justamente, componentes indispensables en la conformación de esa posible selección.

Compositores que nunca podrían faltar a la hora de mostrar el género, como es el caso de Manuel Corona, Sindo Garay, Alberto Villalón, Rosendo Ruiz, Graciano Gómez, Miguel Matamoros, María Teresa Vera, Miguel Companioni y Rafael Hernández, entre otros de la primera hornada, entremezclados con los de
hoy, sientan presencia en esta propuesta a través de canciones realmente antológicas que adquieren aire renovador en las interpretaciones de figuras clásicas pertenecientes a diferentes promociones de la nueva trova.

Se enlazan de esta manera, desde el pasado hasta el presente, emociones similares lanzando declaraciones de amor; sensaciones de triste soledad haciendo compañía a la evocación del amor perdido; amores incondicionales y no correspondidos pasando del dolor al altruismo; vuelos plenos del amor escapando dulces entre jardines y montes; heridas de desamor finalmente cerradas, multiplicándose y expandiéndose para hacer nacer cientos de amores de entrega a la vida; incluso, picaresca popular, ofreciendo otros matices de la identidad nacional. Desfilan así, independientes y en parejas, Mercedes y Yolanda, En falso y Créeme, Veinte años y Amor de millones, Pensamiento y Giovanna, Mujer perjura y Utopía, Perla marina y Ojalá, Compay Gallo y A gozar que el mundo se va a acabar, entre otras tantas que atestiguan la permanencia de la canción trovadoresca en la cultura cubana.

Por otra parte, de Pablo Milanés -que abre el album- a Silvio Rodríguez -que lo cierra-, asoma un amplio y diverso abanico de modos de decir, en donde se hallan, además de los mencionados, las peculiares interpretaciones de Liuba María Hevia, Vicente y Santiago Feliú, Sara González, Amaury Pérez, Gerardo Alfonso, Alejandro García, Carlos Varela, Augusto Blanca, Frank Delgado, Miriam Ramos, Noel Nicola, Eduardo Ramos y Lázaro García, que de una a otra canción, durante treinta veces, nos van llevando siempre de la mano del amor y, de manera alterna, de la tradición a lo moderno.

A propósito, con factura musical impecable, llama la atención como una de las calidades más sobresalientes de esta propuesta la transición que une el número tradicional con el contemporáneo, hallando adecuada solución a través de diversos recursos expresivos que son utilizados dentro del interludio instrumental que sirve de puente entre una obra y otra del mismo intérprete. Asimismo, sea otro acierto la selección de piezas para cada cantautor, donde el estilo particular sella con plena libertad la intención artística, sin crear notables fisuras en la unidad integral del álbum.

Igualmente, la alta calidad de grabación y la masterización cuidadosa -al punto de ser llevada a la re-masterización para lograr limar las diferencias posibles entre los distintos tipos y momentos de grabaciones, incluidas las de conciertos en vivoŒ, capaz de homogeneizar el resultado definitivo de este álbum, así como las notas explicativas a modo de testimonio de la realización del trabajo y el atinado diseño de Orlando S. Silvera, sobre una ilustración de Roberto Fabelo, confirman la excelencia de la producción artística, en esta ocasión bajo la tutela de Lázaro García.

Finalmente, productos discográficos como este demuestran el camino inagotable de calidad y cultura por donde puede y debe transitar el fonograma cubano. Más allá de la calidad probada del artista y su música, se impone también la intención profundamente cultural, la mirada de vuelo, la entrega enjundiosa que reafirma y mueve.

Indudablemente Del agua que bebimos es de esos fonogramas que nos deja con la dulce certeza de que donde nos reconocemos, bebimos y beberemos siempre, así como de que tras un proyecto discográfico con sentido, no sólo el público, sino también la cultura, lo agradece.

Por Clara Díaz

 
   

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